Nací un día lluvioso de primavera. A lo mejor, por eso me gustan tanto las flores.Era el 24 de abril de 1962, más o menos a las dos de la tarde. Cuando mis cinco hermanos mayores llegaron del colegio a medio día, bajaron corriendo a la calle para contar a sus amigos que ya éramos seis. Dos años después, llegaría la séptima hermana¡pobres padres!.
Desde pequeña debí de ser una niña muy llorona, que según mis padres, se quedaba "tiesa" y les daba buenos sustos.Una vez, después de meterme debajo del grifo, zarandearme, y hacerme del todo, cuando estaba toda morada, me soltaron pensando que ya estaba muerta y, justo entonces, rompí a llorar.
Más tarde, seguí siendo una llorona redomada. Era enormemente sensible e impresionable y todo me daba pena. Sólo con oir la música de las novelas de la radio que oía mi madre, me iba a un rincón a llorar y, según mi herana, cuando me llevó a ver mi primera película, Meri Popins, estuve todo el rato llorando sin parar. Hoy sigo igual: el telediario, las películas, las bodas...todo me hace llorar.
Uno de mis primeros recuerdos es de mi padre enseñándoe a leer en un periódico que por entonces existía: "El Ya". Él me enseñó leer y a escribir.
Mi primer colegio era "El Francés", aunque creo que ewn él no aprendí ni una palabra de ese idioma. Era una nave enorme en la que estábamos juntos tres cursos, pequeños, medianos y mayores, agrupados en tres filas de bancos de madera que iban subiendo hacia arriba (como las gradas de un estadio).A un lado nos sentábamos las chicas y al otro los chicos, y el peor castigo era que nos cambiaran al aldo de los chicos. La escuela olía a ozonopino, un producto que echaban con un espray. MI primera profesora fue Doña Goya, una anciana muy arreglada de cabellos completamente blancos, casi azulados, y labios pintados.
Cuando pasé a segundo curso de Primaria, mis padres me cambiaron al colegio de las Jesuitinas, y allí estuve hasta que empecé la Universidad. Quizás la profesora de la que guarde mejor recuerdo sea Maribel Mingorance, que me dio filosofía e historia. Guardo un recuerdo especial de ella por dos cosas: por un lado, porque fue la profesora que me enseñó a hacer esquemas y a estudiar; por otro, porque nos contó que sus padres no le querían dejar salir con su novio y los dos se casaron en secreto y tardaron un año en decírselo a sus padres. Aquello a mí me impresionó y le dio un aura de misterio especial a aquella profesora.
A los trece años me descubrieron una escoliosis(desviación de columna), y eso ha condicionado ya toda mi vida. Al principio me mandaban hacer tres horas de rehabilitación al día (una antes de ir al colegio, otra al mediodía y otra por la atrde). Como cada vez iba a peor, me pusieron un aparato para dormir. Eran unas correas que me enganchaban la cintura y me anclaban a los pies de la cama y otras que me tiraban de la cabeza hacia la cabecera, de las que colgaban unos sacos. De esa forma, dormía mientras me estiraban el cuerpo.De día tenía que hacer varias veces qgimnasia con ese aparato y unos pedales puestos. Como seguí empeorando, cada año (al menos durante tres seguidos), me ponían una escayola en todo el cuerpo, de los hombros a las caderas. Me ingresaban 15 días en el hospital, y tenía el aparato puesto, incluso para comer. No podía levantarme de la cama. Después, me colocaban en una especie de potro de tortura, en el que me mantenían en vilo estirándome de las caderas y de la cabeza (me advertían que no abriera la boca, porque se me podía descoyuntar la mandíbula) y me ponían la escayola, que debía llevar durante 4 meses. Durante ese tiempo, hacía vida normal con ella, pero no podía ducharme, y en esos años, en plena adolescencia, era bastante duro salir a la calle o con los amigos pareciendo un jugador de rugby. A los 17 años, ya harta, lo dejé todo y estuve bastantes años sin hacerle caso a mi espalda. Cuando volví al médico después de tres embarazos y con muchos dolores, la escoliosis había empeorado muchísimo y me dijo que la única solución era operarme y llenar la columna de tornillos, injertos y barras de titanio, pero sin darme demasiadas garantías de éxito y con un montón de riesgos. Decidí no operarme, pero las cosas han ido empeorando, y ahora tengo además artrosis, una discopatía degenerativa que afecta a tres discos, espondilitis.... y, lo que es peor, no sólo me duele la espalda, sino que los lumbagos y ciáticas me afectan a la movilidad y me cuesta mucho andar o estar de pie. Sigo peleando, haciendo gimnasia todos los días y probando mil remedios, pero no sé cómoo acabará la cosa.
Volviendo a mi infancia, recuerdo mi casa siempre llena de gente y de bullicio. Éramos cinco chicas y dos chicos.
Mi padre era navarro. Era un hombre hablador y dicharachero, pero de mucho carácter. Tenía unos preciosos ojos azules y siempre estaba en el campo, cazando,pescando, cogiendo setas, frambuesas, hierbas...De él heredé la afición por el campo y por recoger cosas: flores, hierbas, setas...También heredé de él cierta fuerza de carácter y valentía para luchar por aquellas cosas que tengo claras.
Quizás el día más triste de mi vida fue cuando él murío. Tenía 77 años, pero estaba fenomenal y hasta entonces, se iba en bici a veinte km. de Segovia, pues no tenía coche, y era capaz de trepar hasta lo alto de la sierra sin dificultades para coger frambuesas sdurante todo el día y regresar de nuevo en su bici.De pronto, le diagnosticaron un cáncer de hígado y un aneurisma y en pocos meses se fue. Yo estaba embarazada de mi tercera hija y fue a mí a la que el doctor le comunicó que mi padre tenía cáncer. Trece días después de nacer Teresa, él se marchó. Ya han pasado 11 años, pero cuando veo un amanecer o huelo a orégano, es como si él estuviera ahí.
Mi madre siempre ha sido como una gallina cluerca, siempre pendiente de todos sus pollitos. Ha vivido para todos nosotros, y se le ha escapado la vida cosiendo, limpiando y guisando para todos. Es una gran cocinera y durante muchísimos años, todos los domingos nos preparaba un postre: milhojas, tarta de manzana, polvorones, ponche segoviano..., Además de hacer turrones para Navidad, roscones para Reyes, buñuelos para los Santos o torrijas para Semana Santa. Mi madre es dulce y callada, y huele a dulce.De ella he heredado mi extrema sensibilidad y mi fragilidad y, aunque no cocino tan bien como ella o como mis hermanas mayores, tampoco se me da mal del todo.
Yo me llevaba 15 años con mi hermano mayor, así que él pronto se fue a estudiar fuera (mis dos hermanos son militares como mi padre, no tanto por vocación como porque en una casa de siete, eran los únicos estudios que mis padres les pudieron pagar). De las chicas, tres han trabajado en bancos, otra en una tienda y sólo yo tuve la suerte de poder estudiar una carrera (llegué en la época de las vacas gordas).
Primero hice magisterio, saqué acceso directo por notas (era una buena estudiante)y después hice Geografía e Historia.
Durante ocho años trabajé como maestra por diversos pueblos de la provincia de Segovia. Luego, ya con dos hijos, me presenté a oposiciones y pasé al instituto. Ahora trabajo como profesora en el Programa de Diversificación en un instituto de Segovia, en Santa María de Nieva. Nunca se me hubiera ocurrido entrar en esta página si no hubiera sido porque pedí a mis alumnos, como parte de una web quest, que escribieran su autobiografía, y leí en El País un artículo sobre los blog (que hasta entonces no sabía que existían). A partir de ahí, y para animarles a realizar la tarea, se me ocurrió ofrecerles este formato y hacer yo un pequeño ensayo.
A los 17 años empecé a salir con mi marido, y me casé a los 24 (ya voy para veinte casada), y tuve tres hijos: Guillermo, que ahora tiene 16 años, Jaime, que tiene 14 y Teresa, que tiene 11. Nos gusta mucho viajar. Lo hemos hecho varias veces en tienda de campaña, pero desde que yo ando tan mal de la espalda, hemos descubierto una nueva manera de viajar: el intercambio de casas con personas de otros países.. Lo hacemos a través de una página de Internet y así ya hemos ido a La Bretaña francesa y a Brujas, en Bélgica.
Por lo demás, a mi me encanta leer, pasear por el campo, ir al cine, escuchar música y alguna vez, cuando tenga tiempo para aprender, me gustaría pintar.